Don Argemiro Pérez: explorador de la ecología entre los nigüitos y los sietecueros

Apenas ahora terminé de leer el número de Universo Centro del mes de mayo. Por fortuna las noticias de este periódico no tienen nada de noticias. Uno lo lee con el mismo interés con que hablaba con los amigos en El Maracaibo o en Versalles hace muchos años: todo era actual, hasta los chistes viejos y los recuerdos de la niñez, que tienen la rara propiedad de no envejecer. Una y otra vez volvemos a ellos en los encuentros pasajeros o en las navidades y producen la misma risa y los mismos comentarios.

Pero quiero refrescar la memoria o alimentarla, no se...

En Humos Setenteros de David Sierra, hay una cierta historización de las preocupaciones por el medio ambiente y quiero hacer algo de justicia, a un amigo muerto desde hace mucho. Era un hombre admirable, mucho mayor que yo ciertamente, pero dueño de una mentalidad intemporal.

La primera cátedra de Ecología, así, con ese nombre, que hasta donde se fue dictada en Medellín, nació en la Universidad de Medellín a principios de los setenta. La creó, alimentó y sostuvo Argemiro Pérez Patiño, Don Argemiro, profesor de inglés de la universidad y dueño de una vida muy rica en anécdotas. Don Argemiro era quizás, el único suscriptor en la ciudad, de la revista The Ecologist, publicación inglesa pionera en su género, que le llegaba a la librería de Alberto Aguirre.

En la mesa preferida de la cafetería de la Facultad de Derecho, entre tinto y tinto, don Argemiro componía la que sería su siguiente clase. Allí con él nos sentábamos por lo general Barquillo -Jaime Espinal cuentista nadaista-. Manuel Restrepo Yusti, Gustavo López, Don José María Rojas, Pérez Villa, Don Rómulo Naranjo...

El compromiso de Don Argemiro con la ecología, no era tan solo una pasión intelectual. Compartía con uno de sus cuñados, la propiedad sobre una finca enorme más allá del cementerio de El retiro. En esa finca había no menos de trescientas o cuatrocientas hectáreas de puras cañadas nativas, donde las soledades o barranqueños, el más bello de nuestros pájaros, salía a las once de la mañana dando sus cortos vuelos entre los nigüitos y los sietecueros. Por eso Roberto, hijo de Don Argemiro, desde muy niño llamó a las soledades el pájaro de las once.

Esas cañadas, esperaba Don Argemiro, algún día abrigarían los viejos robledales y campos de pinos romerones que se convirtieron en ferrocarriles mientras Antioquia crecía... Un día, por allá a fines de los setenta, empezaron a verse los primeros copos redondos de verdura brillante de los jóvenes robles. Produjo alborozo en Don Argemiro porque era una demostración de que ello sería posible. Y era tan fuerte su comunión con la vida en general, que un día percibí que pronto moriría, porque me salió con éstas: "Sabe, Federico? Uno se aferra a la vida pero eso no tiene sentido. Después de de todo, usted sabe que nada es eterno y todo se transforma. Y de una vida, salen muchas nuevas y así hasta el infinito...".

Dos o tres meses después, Jaime Espinal publicó una columna en El Mundo, titulada "Con que se nos murió Don Argemiro...".