Había una vez…

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Había una vez un país feliz. Corrían por sus valles ríos de leche y miel. No conocían más que la muerte natural. La palabra guerra no existía en su vocabulario.


Todos sus habitantes se respetaban y hasta se amaban. Ricos y pobres, indios, negros y blancos, gentes de las tierras bajas y ardientes cercanas al mar, y gentes de las montañas y las sabanas frías… 
Los ricos eran gentiles, muy honrados y por supuesto, jamás echaban mano de las propiedades del reyno. Eran bondadosos y no conocían el pecado capital de la codicia y mucho menos sentían envidia por los bienes de los pobres, que además no eran muchos. Poquísimos pobres y nunca la mayoría, pero cuidados con amor paternal por sus príncipes. Todos podían ir a la escuela y no tenían que preocuparse cuando las enfermedades los atacaban. Vivían en casitas humildes, pero cómodas, ventiladas, limpias y con sus despensas provistas de las cosas elementales.
Parecían educados por Santo Tomás Moro los ciudadanos de este reyno de utopía. Por esa razón, las tierras estaban bien repartidas. No había grandes haciendas dedicadas solo a pastar cuatro o cinco vacas, sino fincas bien cultivadas, donde los campesinos vivían de manera honrada con salarios justos.
Y qué honrados eran los príncipes y sus cortes! Jamás se perdía una sola moneda. Todas tomaban el camino de las obras públicas y el bienestar del reyno. Por eso sus carreteras, caminos, puertos, puentes, túneles y represas, eran la envidia de los vecinos. Los viaductos, amplios como pocos, cruzaban el reyno por todas partes, dotados de puestos de enfermería, zonas amplias para el descanso o la reparación de los carruajes. Los habitantes del reino pagaban peajes para ayudar al mantenimiento de las supercarreteras de varias calzadas, pequeñas sumas... y lo hacían con gusto. Y paralelas a estas vías, iban otras no tan amplias es cierto, pero seguras y gratuitas.
Qué país! Los vecinos, decíamos, sentían profunda envidia. Ellos se mantenían en guerras. En uno de esos países, por ejemplo, habían tenido unas treinta guerras civiles en cien años. En el otro, habían asesinado a sus mejores hombres, justo cuando iban camino de ser sus príncipes. En el otro país, tenían unas desigualdades groseras entre todos los habitantes hasta el punto de que era uno de los países más injustos de todo el planeta. Cada vecino cargaba con una cruz y a fe que ningún reyno sería capaz de soportar más de una y por supuesto, nunca ni en toda la galaxia, las tres cruces.
En una isla cercana, habían muerto peleando entre ellos en un periodo de solo doce años, cerca de 300 mil campesinos. Y a la guerra los habían llevado engañados y llenos de odio, las peleas entre los nobles que se disputaban el poder del reyno.
Había una vez, pues, un país de fábula. Pero un día llegó la guerrilla y acabó con toda esa belleza.
Si… Cómo no!