El Sentido de Verdad en el Arte

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En mi casa no ha faltado nunca el pesebre. Digamos que es un bien familiar, muy de esta tierra católica y conservadora. Es una evocación de los momentos gratos de la infancia y cada vez más triste, por cierto, porque en el cuadro familiar de los recuerdos, con los años han ido apareciendo los vacíos. Pero insisto en hacerlo. No es un “pesebre bíblico” como los de mi primo Alberto. Tampoco tiene tren ni muñecos de trapo, de esos enormes y muy feos que hacen ver a las ovejas como un rebaño liliputiense. En un trabajo de resurrección milagrosa producida por Roberto mi hermano, hay tres casitas de cartón de las de antes, con gatico y enredadera dibujadas.


La instalación como la llamábamos, es de bombillos de socket pequeño y 115 voltios, idénticos a los de la casa de mi niñez. De esos que iban derritiendo el alquitrán de los encerrados… Ya no brillan tanto porque hace muchos años les puse un santo diodo milagroso que los volvió eternos.
El pesebre, mientras duraban las navidades, tenía vida. Bastante vida por cierto. Estaba dividido en fracciones, comarcas o latifundios, según las disposiciones de la imaginación infantil que ese día triunfaba e imponía las reglas del juego a los hermanos. Pasado el 24 de diciembre, a eso de las dos de la tarde del 25, el pesebre se volvía una zona triste. Le cortaban la luz y uno o dos días más tarde, obedeciendo al más ortodoxo mandato católico, iba a dar de nuevo al zarzo. Nada de celebraciones profanas de los reyes magos. Parecíamos una familia de conversos.
Inevitable que esas cosas se me vengan a la cabeza. Pero de lo que quiero hablar ahora, es de los otros pesebres terrenales que hacía en el patio de atrás de la casa. Con el musgo sobrante, algunas casas de madera y soldaditos de plomo, armaba pequeñas ciudades o pueblitos. Solo tenían gracia cuando los miraba por un lente y desaparecían los límites, esos donde aparecían de nuevo las baldosas rosadas y amarillas. Porque al aparecer el límite, se revelada la vacuidad del escenario, la esterilidad de esa vida, la farsa. Eso me producía un sentimiento parecido al que experimentó Fernando González al descubrir la escueta armazón de madera escondida tras los lujosos vestidos de los personajes llevados en andas en las procesiones de semana santa.
Es el mismo sentimiento que me invade cuando pienso en esas islas gigantescas de plástico que flotan hoy sobre los océanos, en las plazas de cemento con materas de concreto y metal con las que han reemplazado la tierra y los árboles, por ejemplo en el despiadado atraco a la ciudad de parques del rio; en las canchas de suelo plástico, en los muebles de “cuero sintético” como si hubiera de eso… en las cuerpos de silicona, en los yogures “sabor fresa”…
Todo eso se me vino a la mente la semana pasado cuando leí en El Colombiano una columna de Adriana Cooper. Pensé también de inmediato, en la vitrina de Lego en Rockefeller Center, donde vistos desde unos metros de distancia, los edificios parecen de verdad. Pero al acercarse, viene la gran desilusión.
Claude Levi Strauss, si no recuerdo mal en una entrevista con George Charbonier de pricipios de los años 70, decía que el arte se caracteriza por ser una magnificación del objeto. Si este criterio es válido, podríamos suponer que lo contrario es la negación de la creación artística. En otras palabras,  bastaría con aproximarse al objeto para poder determinar su valor artístico intrínseco.  Brotaría de tal aproximación el vacío en caso de no serlo. Una especie de vértigo intelectual similar al que producen algunas expresiones contemporáneas que aparecen en museos y galerías. No puedo negar que ese sentimiento se produce en mí, cada vez que miro, de cerca o de lejos, la rueda de la bicicleta de Marcel Duchamp… Es como si allí estuviera el límite preciso entre el vacío de sentido y la plenitud del mismo producida por el arte. Quizás ese sea el valor de esta obra de Duchamp… Hace años pensé muchas veces en reproducir en un oleo de de un metro por dos, la paveza de un cigarrillo sobre alguna superficie donde hubiese caído sin perder su forma. No me ayudaron mi ausencia de conocimientos pictóricos, cosa que era superable, y mi insuperable falta de pasión por hacerlo. Pero la imagen se mantuvo, se mantiene aun, como una posibilidad. Se enriqueció es cierto, cuando leí esa nota de Levi-Strauss, porque de alguna manera validaba mi interés en producir algo así. Me queda pendiente extenderme un poco más en ésto, sobre todo para examinar expresiones contemporáneas como algunas performance, según la tesis que he venido sosteniendo acerca de su carácter postmoderno: La expresión suprema del consumismo, del desperdicio de la riqueza como coartada para mostrar el fin último de la riqueza: el desprecio por el trabajo.