Los Avatares de la Formación Sociológica

Iron and Coal, 1855–60, by William Bell Scott   

 

1. La construcción de una escuela es el pro­ceso de cristalización de un propósito. Tie­ne vitalidad y ánimo en tanto se mantenga a dis­tancia de la meta o, lo que es mejor, en tanto va­ya produciendo a cada paso su objetivo sin dejarlo nunca por terminado.

    Decir “hemos llegado”, es también decir que hasta acá era escuela y en ade­lante será secta, que hasta hoy se aprendió y en adelante solo se enseñará. No podemos aún afir­mar que hayamos construido un saber nuevo y a lo mejor nunca lo podremos afirmar. Es cierto, sin embargo, que nos mantenemos en un punto: una relación específica con el saber, despojada de to­da vinculación disciplinaria que no esté a su vez dominada por las variaciones de ese saber.

Pero es que, además, la existencia de una escuela no es tan fácil de declarar cuando existen pocos o ningún término de comparación. Hasta hace unos años tenía alguna eficacia para efectos de clasi­ficación en uno u otro bando académico la adscrip­ción a veces voluntaria pero casi siempre forzosa a la línea francesa, a la norteamericana o a la ale­mana.

Antes el corte era mucho más brusco, pe­destre, pues sometía a nuestra siempre incipiente comunidad académica al dualismo entre primitivo y teológico de lo diestro y lo siniestro y apenas si había una débil franja situada para esos años en el purgatorio estructuralista, aún cuando en esen­cia tampoco fuera esto último, pues allí estaban asociados en las costumbres curriculares los agen­tes de discursos en realidad subversivos de esa división del mundo, tan ingenua como el soldado ruso mostrado por John Reed que no se cansaba de repetir la cosmogónica visión integrada por dos mitades opuestas: idealismo y materialismo. Solo que la de éste incendió el alma de una nación y aquella, la nuestra, algunas cosas menores.

Pero decía que esa franja contribuyó a disol­ver la representación dominante del espacio uni­versitario, no tanto porque cada uno de sus luga­res estuviera ocupado por un hombre —pues ha­bla cierta ubicuidad, para unos más fruto de la circunspección, para otros más de la presión mo­ral, para algunos, en fin de un calculado fatalis­mo— no porque cada lugar, decía, estuviera ocu­pado por un hombre, cuanto por ser ese espacio la única alternativa posible para ejercer la mi­litancia del espíritu. Dos distintos procedimientos se pusieron entonces en práctica para adelantar ese programa de disolución: Ascéticos y parabóli­cos.

La ascética consistió en una especie de ale­jamiento de las disputas y en la construcción simultánea de pequeñas ermitas dispersas en ese campo: hubo entonces lugar para la poesía sin pretensiones panfletarias. Para la crítica literaria la literatura misma; de pronto retornaron los nombres proscritos de Max Weber, Rousseau y Durkheim y la lectura un tanto medieval de Marx, reconozcámoslo, pues consistía en rumiarlo. Era algo así como una sustracción de cargas y su utilización en tareas diferentes, escurriéndole el bulto a lo que se consideraba por unanimidad como orden del día.

De la eficacia del procedimiento da prueba los ataques a esos intentos, con el argumento de que eso era enajenación. Eficacia, porque sí hubiera sido inocuo, ninguna preocupación debería haber suscitado. Es decir, había el intento contrario por recuperar esas cargas en tránsito.

La parábola, por su parte, era un examen comparado de las prácticas y los decíres a la luz de saberes que de no haber sido por el empleo preferencial que de ellos se hizo, bien podrían haberse movido en el terreno de la ascesis. Me refiero particularmente al Psicoanálisis, la Etnología y la Historia, aunque bien se pudiera Incluir acá a la epistemología pero ya no como historia reconstruida sino como ejercicio del cual segregaba una ética del conocimiento.

La parábola era un modo de contar las cosas de esos días  sin alusión directa al fenómeno, pero presentando materiales del campo de la religión, la psicosis, la magia o civilizaciones pasadas, desmontando los resortes míticos e in concientes capaces de aglutinar en torno suyo las energías, que por esta vía pasaban al purgatorio.

Así pues, mientras la ascesis arrebataba cargas, la parábola los dejaba sin objeto.

Digo de dos procedimientos estratégicos y  no meras actitudes, porque se Inscribían en un programa pedagógico. No estaban ahí puestos desde el principio sino que fueron tomando forma mientras se operaba un proceso paralelo de construcción de hilos que iban tejiendo la Identidad de cuerpo docente capaz de reproducirse, y por eso hablo de pedagogía por cooptación: no eran palabras asustadas y solas pues hubo oídos, esto es alumnos, que enriquecieron el proyecto.

Al fin y al cabo a ellos iba dirigido casi todo. Quiero pues que acá las cosas no se fueron produciendo por un reacomodo “natural” de la gente a los nuevos tiempos mediante presiones externas, ni mediante el empleo de purgas o cruzadas de pacificación como debieron vivirlos otros centros; hubo persistencia.

Si he hecho este recuento, es para señalar la particularidad de este proceso, no para demos­trar la existencia de una escuela, sino como hay esa, entre otras rutas, para formarla. Es decir, se trata de objetivar esa experiencia para producir términos de comparación. Hay que hacerlo ante la sorprendente ausencia de una meditación continua sobre la academia en Colombia. Que recuerde, en 20 años ha habido pocas expresiones que genera­ran la polémica y la reflexión —de una de las me­jores tenemos aquí a uno de sus autores— pero no por lo insistente y lo reiterativo —que eso es abundante— sino por lo novedoso. De resto he­mos estado sometidos al bombardeo de dogmáti­cos y doctrinantes sobre la Universidad. Enorme contraste con otros tiempos que nos están devol­viendo los historiadores de la Escuela.

Se ha echado mano de algunas figuras religio­sas para ¡lustrar el proceso, porque ellas tienen la particularidad de suscitar con claridad el senti­do de un país donde el inconsciente no está es­tructurado a secas como un lenguaje, sino como el catecismo del padre Astete y en donde la prácti­ca del libre examen, cuando se intenta, se ve in­terrumpida al día siguiente por el arrepentimiento.

    2. Así, mal que bien y por maltrecho que haya salido, el propósito parece estar andando.

Se ha ido acuñando una acepción del trabajo, que muy a la carrera podría sintetizarse con su siguiente definición comprensiva:

Ella, la Sociología, es una práctica continua del pensamiento que trata de ganarle tiempo al más veloz flujo de los acontecimientos reales in­geniándose anticipaciones o tan solo abandonando la desigual competencia para construir aparte un mundo adonde se reconstruye el sentido global o la forma de los acontecimientos, tratando de cap­turar en la idealidad totalizadora de la estructura o de la mentalidad para que en una u otra quede sumergida virtualmente toda la sucesión de los instantes que construyen la realidad, aspirando incluso a veces a dar cuenta de las pulsaciones sociales más complejas —ciclos económicos, eras o civilizaciones— o las más simples como podrían ser los ciclos del movimiento individual en el ha­bla o en la percepción.

En ambos casos, arsena­les matemáticos trataron de abarcar los dos po­los del campo social, ya mediante procedimientos estadísticos que permitieran descubrir complica­dos espectros o fenómenos de masa, ya con el em­pleo de la microscopia social para desmontar la máquina en sus elementos más simples.

De esa búsqueda de regularidades se ha ¡do llegando al otro lado: la descripción y la suma de las irregularidades que conforman aquellas, acortando entonces las distancias entre los dos enfoques. Es decir, si alguna vez esa bipolaridad en el mundo del conocimiento entre lo colectivo y lo individual, lo social y lo humano tuvo efica­cia, la tuvo no por haber dejado de una vez las cosas en su punto, cuanto por haber abierto un abismo que apenas si se intentó obviar con la di­visión académica de las ciencias sociales y las humanas.

Ese abismo que siempre estuvo ahí abierto para el asombro de las inteligencias más lúcidas y el espíritu investigativo, se presenta hoy como el campo experimental de más riqueza en potencia. Algo hay de eso condensado en la in­tuición del Rizoma, y mucho encubierto bajo los nombres de integracionismo, sinergética o teoría de catástrofes.

Ahorrándonos juicios de valor, de­beremos reconocer en estas cosas tal vez no res­puestas satisfactorias pero sí de todos modos un planteamiento productivo del problema.

Pero no he podido más que esbozar. Por eso suplamos por hoy recordando lo que hace casi diez años en el primer número de la Revista So­ciología escribiéramos a varias manos:

“la historia de la Facultad de Sociología —una pequeña historia se dirá— ha estado agitada siempre por una tendencia dominan­te que en su desarrollo ha apuntado a esto último: buscar... ha sido un andar zigza­gueante... una cierta originalidad, un propó­sito experimental, un espacio abierto para las concepciones que asumimos como las más desarrolladas del pensamiento occidental.

Es­pacio o tribuna o cátedra, el solo presentir la capacidad de un discurso para mirar desde el fondo los saberes adoptados como verdade­ros de oficio, hizo que esos discursos toma­ran la palabra o al menos alguien lo intentara por ellos”.

 

 

* Texto del discurso leído en el acto de recepción del doctorado Honoris Causa en Sociología que le fue otor­gado por la Universidad Autónoma Latinoamericana en agosto de 1987.

 

Iron and Coal, 1855–60, by William Bell Scott illustrates the central place of coal and iron working in the industrial revolution and the heavy engineering projects they made possible.