Iron and Coal, 1855–60, by William Bell Scott   

 

1. La construcción de una escuela es el pro­ceso de cristalización de un propósito. Tie­ne vitalidad y ánimo en tanto se mantenga a dis­tancia de la meta o, lo que es mejor, en tanto va­ya produciendo a cada paso su objetivo sin dejarlo nunca por terminado.

    Decir “hemos llegado”, es también decir que hasta acá era escuela y en ade­lante será secta, que hasta hoy se aprendió y en adelante solo se enseñará. No podemos aún afir­mar que hayamos construido un saber nuevo y a lo mejor nunca lo podremos afirmar. Es cierto, sin embargo, que nos mantenemos en un punto: una relación específica con el saber, despojada de to­da vinculación disciplinaria que no esté a su vez dominada por las variaciones de ese saber.

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El Elogio de la Locura, publicado hace cinco siglos, parecería hoy un libro anacrónico para los fines que nos congregan.  Pero es una obra tan nueva, como nuevos son los problemas de nuestra época, así éstos aparezcan con las mismas características y la misma esencia con la que han aparecido en todos los tiempos.

La frivolidad no es exclusiva de las modernas sociedades de masas. No es la característica que las distingue. Es más bien el resultado de la naturaleza humana, definida por su imperfección. Mejor dicho, la frivolidad se revela por primera vez en la mitología judeo cristiana, cuando la humanidad decide correr el riesgo de cambiar el paraíso terrenal por una manzana...

Podríamos decir, incluso, que la frivolidad es el acto por medio del cual, el hombre sacrifica la posibilidad del gozo eterno por el placer de lo inmediato. Esta es una afirmación que puede ser leída, al mismo tiempo, desde el discurso moral judeo cristiano y desde el psicoanálisis.

El cristianismo se construye como un intento por desandar los pasos, por recuperar  el paraíso perdido. Por eso Jesús de Galilea recomienda, como técnica para construir una vida superior, dejarlo todo. Dejar los bienes y los seres queridos, tomar una sencilla capa y una cruz y seguirlo.

Ya en la antigüedad, un rey daba este consejo para ser feliz: Deshazte de la cosa que más amas.

Tanto en el relato cristiano como en el consejo transcrito por Herodoto, la felicidad en términos de plenitud está limitada por el amor a las cosas pasajeras. Su conquista, en cambio, supone un acto de liberación de las cosas. Es feliz quien abandona las servidumbres que lo atan en la temporalidad de su existencia.

Séneca pone el acento en el tiempo. Es lo único propio y de su uso depende que nuestras acciones sean realmente nuestras o sean reiteraciones de la esclavitud. Si el hombres es dueño de su propia temporalidad, podrá afirmar que su vida ha valido la pena y ha durado lo suficiente como para justificar la existencia. Séneca plantea frugalidad en el uso del timepo, pero también en la querencia, en el deseo de las cosas. Por eso, retoma al menos en dos de sus obras, una frase atribuída a Epicuro: No es pobre quien tiene poco, sino quien desea mucho.

El cuerpo se incorpora de manera obvia a este discurso, pues pareciera como la causa eficiente o inmediata de las debilidades. Por eso aparece la mortificación, no tanto como un castigo al cuerpo, sino como un método para obviarlo, para disminuirlo a su mínima expresión. Esa disminución del cuerpo es un trabajo de purificación, tal que se le habilite como la morada apropiada o templo del espíritu santo. Es decir, se descubre que por la vía de la mortificación, el hombre puede llegar a identificarse con Dios, al perimitirle que habite en el lugar de su alma,  sea como coexistencia, sea como identificación con ella, aun antes de la muerte física.

Contra la opinión corriente, el cuerpo no significa maldad o pecado en todas las variantes de la tradición cristiana u occidental. Apenas es una ocasión de pecar, porque el cuerpo es una cosa de este mundo. En la tradición mística, hay una valoración del cuerpo. Ya decíamos cómo se le define como templo vivo del espíritu santo. La gran tarea del hombre en el mundo, consistiría pues en hacer del cuerpo un medio de purificación y no de caída. Por eso hay dos imágenes muy poderosas en la tradición cristiana: De un lado, la imagen estática de la asunción de maría, que puede ascender al cielo en cuerpo y alma. De otro lado, la imagen dinámica del cuerpo del crucificado, aporreado, sangrante y convertido después en cuerpo glorioso del resucitado. En el primer caso, se ofrece la alternativa de la inocencia: Es una eleción exterior al sujeto, desprovista de esfuerzo y de sacrificio. Se admite que el cuerpo incontaminado constituya en sí, un bien suficiente para Dios. En el segundo caso, se ofrece la alternativa de la lucha. Es el sujeto quien elige el camino de la confrontación con el mundo.

Estas dos imágenes mítológicas, esas escenas, se despliegan en la historia humana. Hay que poner el énfasis en la historia, porque es también posible desconocerla. En efecto, hubo una secta que rechazaba la procreación y ponía todos sus esfuerzos en la privación. Con esa conducta, evidentemente negaban la posibilidad práctica de que la humanidad continuara sobre la tierra y por lo tanto la idea misma de historia. En cierto sentido, reaparece la negación de la historia en la teoría de la predestinación: Al fin y al cabo, si nada valen las obras, nada vale ese espacio en el cual ellas se realizan.  Así pues, tanto los finalistas convencidos de que era pecar traer más hijos al mundo, amantes del rigor y la mortificación, como los predestinistas, terminan estando de acuerdo en la negación de la historia. Lo importante para resaltar acá, es que al negar la historia, se niega toda posibilidad de que haya bienes terrenales capaces de ayudarle al hombre en la tarea de la salvación. En otras palabras, la vida humana misma es vana, despreciable, en una palabra, toda la humanidad no pasa de ser una divina frivolidad.

En este mismo orden de ideas, desarrollemos ahora la idea de los bienes. Ellos aparecen asociados tanto a las virtudes, como a la idea misma de la perfección. En una perspectiva moral, la areté de los griegos se confunde con la práctica de las virtudes cristianas. Templanza, continencia, prudencia, en fin las disposiciones contrarias a los pecados capitales, que no son cosa distinta de las distintas modalidades de la concupiscencia, o, para no ir más lejos, de las frivolidades, serían las prácticas que le asegurarían al hombre el camino de la perfección.

Así pues, hay unos bienes que son impersonales. Actúan como reflejos de la divinidad en el alma humana. Pero, afincada la tradición cristiana mayoritaria en las obras, también distingue otro tipo de acciones que se se traducen en objetos buenos. Las catedrales aspiraban a ser un compendio viviente de esas obras buenas: La música sacra, la pintura, los iconos de la ortodoxia, la arquitectura, el vestido, los ornamentos, eran obras destinadas a glorificar a Dios. Desde esa perspectiva, constituían bienes. Otros bienes eran prolongaciones del espíritu santo: La práctica de la teología, de la filosofía, y hasta la gramática y la retórica, convenían en su escencia con la misma divinidad, pues no eran cosa distinta que el conocimiento. Era cierto que podrían ser usadas por el demonio para asaltar al hombre y conducirle a la perdición, pero se les reconocía un bien en sí.

Con todo el proceso de terrenalización que vive la humanidad en un período muy impreciso que abarca a los siglos XIV, XV y XVI, conocido como el renacimiento, se produce una decantación en la determinación de los bienes. Cuando la filosofía escolástica admite la posibilidad de un conocimiento racional de Dios, sujeto eso sí a las naturales debilidades e imperfecciones del alma y que por lo tanto debería tener siempre al lado a la Fe como juez supremo, se le está dando la bendición a la práctica prosaica de la razón, entendiendo acá por prosaica aquella razón que en su ejercicio, no aspira a ser camino sustitutivo de la salvación.

La razón, así laicizada con la aprobación de las autoridades de la Iglesia, pasa a ser un nuevo bien. Esa es la puerta por la cual puede resurgir el mundo antiguo del pensamiento greigo y romano a europa. Antes la ignorancia del pueblo era una virtud, en la medida en que le impedía al hombre cuestionar las grandes verdades reveladas y poner en peligro el don de la fe. Por eso el pueblo, con la única condición de sujetarse a las demandas eclesiásticas, podía subir al cielo. Era la época en la cual los pobres de espíritu tuvieron mejor suerte. Un eco de esos tiempos vive aun entre nosotros.

Pero a partir del renacimiento, ya no está tan claro que la ignorancia sea buena. Al menos cuatro obras nos ilustran sobre los inconvenientes de la ignorancia:
El Novun Organon de Bacon, las Meditaciones Metafísicas de Descartes, la Reforma del Entendimiento de Spinoza y el Elogio de la Locura de Erasmo. Estos cuatro libros cubren el espectro de casi trescientos años y, aunque no sean las únicas, si son las más reconocidas. En ellas, en diverso grado, la ignorancia va siendo el nuevo nombre de la frivolidad. Si tomé prestado El Elogio de la Locura, es por lo que ahí, con singular frescura y desparpajo, Erasmo pone a hablar a la frivolidad. La profunda ironía del libro, solo reaparecerá varios siglos más tarde en las Cartas Filosóficas y en el Diccionario Filosófico de Voltaire.

Pero ha quedado al fin establecida la razón como un bien en sí. El juicio acerca de cuál es el camino que el hombre debe recorrer, se traslada de la teología a la filosofía moral y a una de sus variantes: la filosofía política.

Todavía a mediados del siglo XIX y la primera parte del siglo XX, bueno es para el hombre, incluso como bien supremo, la razón. No es sino mirar en Marx o en Freud, cuáles son sus ideales de sociedad, sus utopías. Ambas descansan en la lucha contra la enajenación y aspiran a un mundo en el cual primen las relaciones racionales entre los hombres. Todo lo que esté por fuera de ese ideal, es miseria. Miseria del que tiene poco y aspira a mucho o del que tiene mucho y aspira a más. Miseria del que porta su destino ignorándolo todo de él. Es la miseria del esclavo de las mercancías o del esclavo de sus esclavos, pero miseria también del hombre que se cree libre solo porque tiene conciencia de sus actos, pero no de las causas de los mismos. En lo que pudiéramos llamar una axiología de los más poderosos pensamientos de los últimos ciento cincuenta años, reaparecen Séneca y Spinoza.

En realidad, la gran diferencia que desde este punto de vista podemos detectar hoy entre Kant, Marx y Freud,  tal vez esté en su apreciación acerca de la actualidad de la Ilustración. Quizás Kant se entusiasma demasiado, aunque tampoco podemos atribuirle ninguna predisposición profética. La mayoría de edad del hombre, coincide punto a punto con la plena madurez de la historia y con la plenitud del conocimiento en el sujeto. En tanto que la minoría de edad, coinciden con la explotación, la ignorancia y la inconciencia.  Y quizás también, por lo mismo, para los tres pensadores la moral era algo evidente. Como se ve, no es una gran diferencia.

En fin que el siglo XX nos recibe con unos bienes en sí, digámosles de una vez valores, más o menos bien establecidos, al menos en lo que tiene que ver con occidente y sus fronteras. Valores políticos escritos en la Constitución de Norteamérica o en los Derechos del Hombre, pero en todo caso tributarios de la Revolución Francesa: Igualdad, Libertad y Fraternidad. Valores de la razón, que son las Artes, las Ciencias y la Tecnología. Valores para el Ethos particular, que son la honradez, la disciplina, el trabajo y la urbanidad (a propósito de la urbanidad, traigo a cuento otra vez algo que con frecuencia hago: La cartilla escrita por Erasmo y titulada “De la Urbanidad en las maneras de los Niños”). Y quizás el bien que tiene el carácter de una clave de arco, a partir del cual se estructuran todos los demás: el Respeto. El mismo imperativo categórico que fue enunciado en el texto religioso en los términos  “No hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a tí mismo”, o también expuesto por Rousseau en una célebre disertación acerca de la razonable hipótesis de la condición humana de los grandes simios del Africa.

Del respeto como bien, se desprenden en la práctica todas las virtudes del buen ciudadano o del hombre civilizado. Y por supuesto, de su omisión se desprenden todas las conductas brutales. Y prosiguendo el examen al revés, tendríamos que concluir también que lo contrario de la Ciencia es la ignorancia. Del arte, la grosería; de la Urbanidad, la impudicia. De la Democracia el autoritarismo, de la igualdad la soberbia de clase, de la libertad la esclavitud.

A estas alturas del siglo XX, cuando no están todavía resueltos estos valores en instituciones políticas, formas estatales, relaciones internacionales y lo que es más importante, en ciudadanos de este mundo capaces de enfrentar la propia vida de su cuenta y riesgo, presenciamos una especie de involución si se le mira en una perspectiva cronológica o de debilitamiento desde el punto de vista gnoseológico:

En efecto, están reapareciendo las viejas temáticas de la salvación y del éxito en su primitiva versión religiosa. ¿Quién no habla ahora con gran propiedad, para no poner sino un ejemplo, de la misión y de la visión? Parece como si esas dos palabras encarnaran una verdad inmensa, cuando no son más que la forma actual de toda la ideología empresarial, que se quiere hacer aplicable a las más diversas actuaciones humanas. Ha sido una copia fácil de ciertos movimientos sociales exitosos, las religiones, caracterizados justamente por definirse a partir de la elaboración de una visión finalista de su acción y la creencia en que su presencia en el mundo, se justifica en los términos de una misión encomendada por la divina providencia. Si una empresa adopta el modelo de una religión, se piensa que será tan eterna como ésta. Lamenta uno de verdad, que hasta las unversidades, dueñas ellas mismas de lo que hoy se denomina un modelo exitoso para la supervivencia, mucho más eficaz que el de calquier empresa o institución aparecida en los últimos quinientos años (ellas nacieron hace mil), dejen erosionar su patrimonio conceptual para vertir el saber sobre sí mismas, en los moldes estrechos de ese frívolo ideologismo.

Y no es sino mirar hacia la literatura del mercadeo, para ver ahí un enclenque debilitamiento de la Sociología. Y en las doctrinas de moda acerca del crecimiento personal y el camino del éxito, se nos presentan también, debilitadas, las grandes construcciones de la filosofía moral. Allá cada cual con lo suyo. Lo que resulta acá por lo menos de mal pronóstico por sus consecuencias para la humanidad, es la tendencia que con los días será más clara, a construir sentidos artificiosos y cómodos a los valores que occidente ha acuñado desde sus comienzos. La actitud meramente denotativa no pasa desapercibida por los circuitos del poder. Ese vacío de los sentidos tendrá que ser llenado con las imágenes que más le convengan.

Inevitable en este punto, recordar las consideraciones de Skinner acerca de los valores. En Más allá de la Libertad y de la Dignidad, plantea con razón que esas palabras a las cuáles tanto valor le atribuye la gente, hasta el punto en que muchos estarían dispuestos a morir para conseguirlas o defenderlas, bien podrían mediante un proceso educativo temprano, adoptar otros significados más apropiados para los fines de la organización social estable y no conflictiva. He dicho que con razón, porque en condiciones de laboratorio ello sería evidentemente posible. A un niño, se le puede tener convencido de que los globos se pueden derribar con espejos o que la palabra Patria quiere decir bacinilla. Perdonen el ejemplo. Eso mismo podría hacerse a escala social, para modificar el sentido de esas palabras, de tal manera que no generen expectativas cuyo cumplimiento, sencillamente es imposible en su plenitud por parte de las autoridades. así pues, libertad no tendría tantos referentes metafísicos sino que podría estar restringida en su sentido a poder escoger entre varios modelos de automóvil. Y la dignidad, podría reducirse hasta no significar más que recibir una tarjeta de cumpleaños por parte de la oficina de personal cada año...

Claro está que esa posibilidad implica borrar la historia. Implica deshacer lo andado y suprimir las páginas tristes o negras de la historia humana. Podría fabricarse otra, adultareda, según la cual mucha gente murió en la Revolución Francesa exigiendo el derecho de comer cereales crujientes cada mañana o poder usar pañuelitos desechables. Si nos fijamos bien, ese camino es el que han empezado a recorrer los comerciales: La gente se mata por conseguir una coca-cola; estudia para comprar un paquete virtual de vacaciones y vive toda una vida para poder pagar el seguro de vejez.

 

Esa adulteración masiva de la historia ha comenzado y, parejo con ella, el olvido de las fuentes, en el pensamiento, de la formación de los valores.